El milagroso Niño de Roble de San Marcos

EL MILAGROSO NIÑO DEL ROBLE

ALDEA LAS LAGUNAS, SAN MARCOS:

Por: José Campollo, cronista de San Marcos para Cucurucho en Guatemala.

Es una antigua tradición marquense heredada de padres a hijos, el visitar el día 02 de febrero al Milagroso Niño del Roble de las Lagunas, devoción que se ve alimentada según los tiempos y las necesidades de la sociedad, por ejemplo en tiempos del conflicto armado interno, fue visitado e invocado para hacer aparecer seres queridos desaparecidos y en efecto hay testimonios de haberlo conseguido, damas que no pueden procrear hijos, madres primerizas que necesitan confort espiritual, todos hallan amparo y segura protección en Jesús que se ha hecho Niño por nosotros; en esta estampa antigua que representa un grabado del Niño Redentor de los Cautivos, escultura tallada por el inmortal Juan Martínez Montañés y que se venera en la Catedral de México.

Alejándonos de lo subjetivo de la fe y de la realidad de la antigua estampa, nos introduciremos al campo de la historia popular de la aparición del milagroso Niño y lo haremos de la mano del cronista de la Ciudad de San Marcos, el doctor y coronel J. Ignacio Alfaro Sánchez, quien por los años de 1,970-71 escribió su magistral obra “San Marcos de Antaño” y nos deja una vívida memoria de la aparición milagrosa así como de las populares, desde aquel entones, romerías en su honor.

“EL MILAGROSO NIÑO DEL ROBLE DE LAS LAGUNAS, UNA LEYENDA, UNA TRADICIÓN, UNA FE:

Por el rumbo sur de la Ciudad de San Marcos, a escaso kilómetro de sus goteras, existe una antigua y tranquila aldea, cuyo nombre viene de que en tiempos lluviosos, luce temporales lagunas, en cuyos limpios espejos ven los reflejos del azadón que remueve la tierra. Son las lagunas tornadizas, que los labriegos en el trajín diario de sus afanes, se han acostumbrado a verlas llegar y marchar con los azacuanes.

La aldea retrata gracioso nacimiento navideño, de blancas casitas, regadas entre liliputienses volcanes, de conos perfectos, sobre el suelo parejo, cubierto de arena, moteado del oro de los trigales, del verde de los milperíos, y del movedizo armiño de las ovejas y corderillos de la hacendosa comunidad.

En lugar dominante, que quiso ser otro volcán diminuto, hay una solariega casona, sombreada por un árbol de roble. En la casona hay una capilla y en la capilla un Niño gracioso, cuyo nombre encabeza y bendice estas líneas.

Allí le veneran los comarcanos y gentes de lejos, que se ven atraías por la fama de sus milagros, y de sus consejos. Tanto la quieren y tanto en Él confían, que por turnos le llevan a sus hogares, para rezarle novena para tenerlo junto a sus penas, que amoroso remedia.

La leyenda principia en día en que un afortunado vecino, encontró la joya del Niño en un árbol de roble, allá por los azules montes de Huehuetenango, vale decir, por los cuchumatanes, que Diéguez canta en estrofas inmortales, por donde serpentean caminos angostos, uniendo poblados lejanos, temblando de frío.

Por tales sendas borrosas caminaba el hombre elegido, arreando afanoso su recua, medroso de la soledad y del silencio profundo, que a trecho interrumpía la dulce voz del “guardabarranca”, uraña avecilla con oro en la garganta, que detesta que mortal alguno escuche sus trinos divinos, y se va por lo abrupto, por lo intrincado, y solamente accesible a sus alas y a Dios.

De pronto escucha un llanto de Niño, que le saca de sus cavilaciones. Se sorprende, se orienta y se va tras las notas del llanto, que conforme se acerca gradualmente se van apagando. Y de momento se encuentra frente a un Niño sonriente, que sin palabras le invita a llevarlo, a sacarlo de su prisión voluntaria, en la horqueta hospitalaria. “momento para él inolvidable” cuando maravilloso de suprema belleza: la serril naturaleza contemplando el milagro de un Santo Advenimiento, porque aquí como en la gloriosa gruta de Belén, el Niño vuelve a nacer, sin más testigos que los nobles brutos de la recua, y el afortunado caminante que escuchara un llanto, no de dolor, o de desolación o desencanto, sino de dulce llamada del Dios Infante, que todos los años renace clemente, para alivio de la humanidad doliente.

Esto ocurría del 02 de febrero día de Candelaria, y por eso la fiesta del Niño principio a celebrarse en esa fecha tan gloriosa, en que fuera encontrado. Aquí comienza la tradición, bella tradición de más de cien años, que han sido cien alboradas alegres y cien romerías piadosas a la Casona solariega de la tranquila aldea de lagunas espejeantes y volcanes de juguete, casitas de nacimiento y corazones pletóricos de sentimiento religioso por un Niño Milagroso.

¿Y la fe? La fe se mantiene y in crecendo como los años que pasan, como las blancas casitas, como el cariño, como el roble en cuyos brazos apareció el Divino Niño.

Las gentes de antaño refieren que tal acontecimiento ocurrió por el año de gracia de la Revuelta de don Rufino, que también de cumbres vino por Tacaná, y se fue escribiendo otra historia.

Y como aclaraciones debemos en tan importante asunto, presto están al punto, a estirar los renglones, porque quienes hay que con la fe les basta para creer, pero muchos hay como Santo Tomás, que quieren tocar y quieren ver.

El dichoso mortal que tuviera la dicha de encontrar al Niño, y la acertada decisión de encargarse de por vida, a su adoración y servicio fue un honrado agricultor de las Lagunas muy conocido y apreciado por su vida ejemplar de trabajo, sus sensibilidad cristiana y su amor al hogar.  Se le recuerda con cariño por las personas que aún viven, le conocieron y trataron y que por él conocieron al Niño, su gracia (nombre) era don Cecilio de León, hombre de mucho respeto, y que pasaba por regañón.

Su esposa fue doña Lucía, modelo de esposa y compañera de hogar.

Procrearon sus hijos que resultaron nobles y buenos, a quienes vieron morir muy jóvenes. Margarito de privilegiada inteligencia, en su lecho de muerte recibió el título de Bachiller, meta que muy pocos alcanzaban a principios del siglo XX.

Los de León sentaron sus reales en la aldea allá por el año 1,870, en el propio lugar que hoy ocupan sus bisnietos, pero no en la actual casa, sólidamente construida, sino en la humilde cabaña, porque recién casados como estaban, no tenían las riquezas, que poco a poco amasaron con el sudor de su frente, la bondad de la tierra y las bendiciones del Niño. Cuando terminaban las cosechas y el tiempo sobraba, el “Señor”, como invariablemente llamaba doña Lucía a su esposo, se iba a comerciar en granos trasportados en mulas por los pueblos de Huehuetenango.

En una de sus primeras salidas, saliole al encuentro la suerte, y volvió lleno de regocijo, trayendo sus ganancias en blancas monedas de plata y el hermoso tesoro del Niño, que amoroso colocó en manos de Doña Lucía, entre ambos le dieron el mejor sitial de la casa y le nombraron como Señor y Protector de su Hacienda, prometiéndole a cambio de sus bendiciones una hermosa Capilla y grandes y sonadas fiestas.

La fiesta anual del 02 de febrero era famosa en la aldea y en el barrio marquense; nueve tardes de rezos solemnes y un día de fiesta desde el alba hasta el anochecer.

Las familias concurrían en pleno a ejercitar sus devociones, dando a sus hijos la soñada alegría de vivir un día en el campo, entre diversiones, dulces y frutas. Piruetas y retozos en los grandes pajares, después de las trilladas de trigo, cuya cosecha con la festividad coincidían. El final de aquél alegre día, el cordón de humo, tristemente el regreso emprendía trayendo imborrables recuerdos de la memorable jornada, pomposamente celebrada en honor del Niño que nos vino de Huehuetenango…

Sigue habiendo novenas, romerías y alboradas, con alegres mañanitas, enramadas y banquetes, y es más, ahora hay zarabandas, que don Cecilio en su vida jamás permitió, porque decía, y con razón lo decía, que era faltarle el respeto al Niño, mezclar lo Divino y lo profano, con todo que en sus días los bailes eran inocentes y de moderados ritmos, pero si hubiera visto las crisis epilépticas que por danzas al presente se estilan, seguramente que sus días muy mermados hubieran quedado, así es que no al instante muriera de disgusto y de pena por lo que él calificaría de gran desacato, a la santidad del Niño del Roble.

¿Cómo era y es el Niño? Puede expresarse con dos áureas palabras: EXCELSAMENTE HERMOSO. Pero para mejor retratarlo con transparente verdad, decimos que es armonioso conjunto, de gallardía, distinción y toque divino. Gallardía en la gracia y erguida actitud de principesca presencia.

                Distinción, en las ricas sedas bordadas de sus vestiduras y en sus insignias de Rey.

Toque Divino en su rostro perfecto y sonriente; de rosados carmines como el cielo del amanecer.

Y su Dulce Nombre Jesús, el que ilumina el Orbe con su Eterna Luz.

(NOTA: EL ÁRBOL DE ROBLE QUE DON CECILIO PLANTARA JUNTO AL ORATORIO AÚN ALIENTA VIDA EN SUS RETOÑOS, PESE A LAS MUCHAS TALAS QUE CONSTANTEMENTE SUFRE)