Lo que las imágenes -y sus encuentros- dicen de nosotros


Los tatas del Viernes Santo en La Antigua Guatemala son dos. Ambos yacen en sendas urnas de cristal. Uno tiene su casa en la Calle de los Pasos y el otro vive en las afueras de la ciudad, en una pequeña aldea sitiada por incontables cerros.

El de la Escuela de Cristo suele ir acompañado por la gente pudiente. En cambio, al de San Felipe lo acompaña el pueblo que vive alrededor de lo que todavía queda de la ciudad colonial.

Por: Luis Méndez Salinas

Cuentan que al caer la tarde de un lejano Viernes Santo ambos tatas se encontraron. Cada uno iba en el centro de un alfaque de túnicas negras e incienso. Entre ambos una alfombra. Los cucuruchos de la Escuela y los de San Felipe comenzaron la disputa para ofrecer esa alfombra a su respectivo Señor. Después del rezo y la consulta correspondiente, los felipeños alzaron el anda de su sepultado y avanzaron, “con el tambor y el pito sonando a guerra”.

Hacia mediados de la década de 1950, Luis Cardoza y Aragón describió este pasaje como un hecho cierto, sucedido “no hace muchos años” 1 ; y justo antes de su desaparición a manos del ejército guatemalteco –en 1984–, Luis de Lión recreó el relato en “Los hijos del padre”, uno de sus cuentos más hermosos 2 . Este encuentro, real o imaginado, es nítida metáfora de la historia vivida por grupos sociales en pugna y, como él, existen numerosos
testimonios de conflicto a lo largo de la historia de las imágenes procesionales en Guatemala.

Sin embargo, el domingo 12 de febrero de 2017 fuimos testigos de un
encuentro diferente. Muy de mañana, Jesús de Candelaria salió de su templo en procesión extraordinaria para celebrar el centenario de su consagración. Al llegar a un costado de la iglesia de La Merced, justo a la altura del Callejón de Jesús, se concretó algo inesperado: el nazareno mercedario fue llevado en hombros para recibir y saludar a Cristo Rey. Ahí, sobre la 5a calle, estaban reunidas por primera vez en su historia las dos imágenes fundamentales de la Semana Santa en la ciudad de Guatemala.

El sentido de ese encuentro extraordinario se aprecia mejor al trazar la ruta histórica de ambas cofradías y de ambas imágenes.Por un lado, la Cofradía de Jesús Nazareno de La Merced es una de las mejor documentadas del país, gracias a que se conservan muchos de sus libros contables y documentos sueltos que permiten reconstruir buena parte de su historia.

Fue fundada en 1582, y se conformó exclusivamente por españoles (peninsulares o criollos) que ocupaban altos cargos en el gobierno colonial 3 . Su influencia en las altas esferas del poder político, económico y religioso fue una constante durante siglos, por lo que su imagen de principal veneración –tallada hacia el año 1654– goza de enorme prestigio.

La Cofradía de Jesús Nazareno de Candelaria tiene un origen completamente distinto. Se sabe que el barrio de Candelaria (antiguamente llamado “de Santo Domingo”) fue habitado por indios, en parte cakchiqueles y en parte mexicanos. Los recintos sagrados de dicho barrio fueron sede de antiguas cofradías penitenciales fundadas hacia mediados del siglo XVI, que solían realizar “procesiones de sangre” desde tiempo inmemorial. El origen del Nazareno sigue siendo incierto, pero
la referencia documental más antigua de que se dispone corresponde al año 1665 4 . Su devoción se ha mantenido en constante crecimiento desde entonces, tanto en la antigua ciudad de Santiago, como en la Nueva Guatemala de la Asunción.

Los encuentros entre ambas cofradías no han sido siempre amistosos, según consta en numerosos documentos de archivo. La mayoría de los conflictos tenían un tras fondo económico, por la usurpación de limosnas y privilegios. En su clásico libro Semana Santa tradicional en Guatemala, Luis Luján Muñoz dio a conocer un breve pontificio fechado el 19 de julio de 1677, que aporta información interesante respecto a las relaciones conflictivas entre las cofradías de Candelaria y La Merced.

En él se consigna el alegato de los indios principales de la Cofradía de Jesús de Candelaria, quienes acuden al Papa Inocencio XI porque están siendo molestados por la cofradía de españoles de Jesús de La Merced. La máxima autoridad de la Iglesia ordena a los cofrades mercedarios no estorbar, excluir, perturbar, inquietar ni impedir la procesión que los indios cofrades organizan la noche del Jueves Santo 5 .

Los testimonios de litigios similares son frecuentes a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX entre las diversas cofradías de la capital del reino, que empiezan a evolucionar bajo nuevos paradigmas en los años previos a la transacción política de la Independencia. En 1817, por ejemplo, se tiene noticia de que la Cofradía de Jesús de Candelaria es integrada indistintamente por “españoles, ladinos e indios” 6 , lo cual hace pensar en un cambio sustancial en cuanto a la subordinación de lo étnico a lo económico en la lógica de organización de las asociaciones penitenciales.

Este fenómeno alcanza también a la cofradía mercedaria, impactando notablemente en su evolución posterior. En términos simbólicos, Jesús de La Merced y Jesús de Candelaria pueden verse como la representación de los dos grandes ríos que se funden en el mestizaje guatemalteco. Cada uno aporta un caudal propio, distinto, singular, que a través de estos centenarios objetos de culto adquieren estatuto sagrado en el inconsciente
colectivo. De ahí la importancia de esa poderosa metáfora que fue verlos caminar juntos –lado a lado– la mañana del 12 de febrero.

Me gusta pensar que los ojos de una imagen sagrada funcionan como un imán. Hacia ellos se dirigen, inevitablemente, las miradas. En ellos se guarda toda esa energía que nos remite al origen y a la vez se concreta un eslabón que une las emociones compartidas por distintas generaciones a lo largo del tiempo.

Los millares de ojos indios que vieron surgir de la madera a la imagen de Jesús de Candelaria se reunieron –siquiera un instante– con los millares de ojos españoles que rodearon el inicio de la devoción a Jesús de La Merced y con los millones de ojos mestizos que desde tiempo inmemorial gravitan alrededor de ambas imágenes. Todos esos ojos se reunieron con los nuestros, que estamos viendo la transformación y el crecimiento de este ritual que nos reúne año con año y que quizá nos enseñe que nuestra riqueza está en nuestra pluralidad.

Sin embargo, para que se concrete el encuentro de las imágenes procesionales, deben encontrarse también quienes las cargan: encontrarse, reconocerse distintos y, a partir de esas diferencias, entablar lazos de solidaridad y empatía. Solo así, la fuerza metafórica del encuentro trascenderá la anécdota o la mera transacción de capitales simbólicos entre los actuales cofrades. Sólo así, este acontecimiento podrá considerarse “histórico” en el pleno sentido del término: dentro de un proceso
vivo, cambiante y humano.

Creo que el encuentro entre Jesús de Candelaria y Jesús de La Merced será parte de nuestra historia por lo que anuncia; porque su carga de futuro es mayor que su carga de pasado; porque desde ya ha instalado en nosotros nuevas preguntas y nuevas reflexiones. No sólo sobre la Semana Santa, sino sobre la sociedad que la celebra.

  1. Luis Cardoza y Aragón (2002). Guatemala: las líneas de su mano.
    Guatemala: Editorial Universitaria, p. 82.
  2. Luis de Lión (2015). La puerta del cielo. Guatemala: Editorial
    Cultura.
  3. Gerardo Ramírez Samayoa (2000). Consagrada Imagen de Jesús Nazareno del Templo de Nuestra Señora de las Mercedes.
    Guatemala: Serie Días de Muerte y Gloria, p. 24.
  4. Mario Ubico Calderón (2014). Jesús Nazareno de Candelaria a la luz
    de los documentos de archivo. Guatemala: Consejo Nacional para la
    Protección de La Antigua Guatemala, p. 42.
  5. Luis Luján Muñoz (1982). Semana Santa tradicional en Guatemala.
    Guatemala: Serviprensa Centroamericana, pp. 75-84.
  6. Mario Ubico Calderón. Op. Cit. p. 51.

Fuente: Suplemento Semana Santa 2017, Diario la Hora, página 5.