¡Hasta que La Virgen María quiera!

Virgen de Soledad Reina de la Humanidad

Anécdota enviada por: Regina Juárez

Tengo 52 años. Nací, crecí y espero morir entre túnicas y madrileñas. Soy de familia de devotos cargadores, desde niña comencé a cargar en las procesiones infantiles y para mí, una Semana Santa sin poder hacerlo sería la más dura de las penitencias.

Hace unos años, comencé a sufrir de dolores reumáticos y cada vez que cargaba, me era realmente difícil, pues hasta el peso de la horquilla me provocaba dolor en las muñecas, ya no digamos el peso del anda. Era un gran esfuerzo el que hacía, pero me dolía mucho más pensar que ya no podría cargar.

En el año 2010, después de dejar mi turno de Viernes Santo, le dije a mi Virgencita hermosa: “Bueno Madre, creo que ésta fue la última vez que te llevé en mis hombros. Tú sabes que no es falta de amor, sino que ya las fuerzas no me dan. De aquí en adelante solo en filas, Virgencita”. Y me despedí de mis años de cargadora.

Al día siguiente, llevé a mi hijo y mis sobrinos por la tarde a la procesión infantil de Santo Domingo y aunque podía haber cargado, no lo hice pues porque estaba muy cansada y adolorida. Sin embargo, un poco después de regresar a la casa, en el barrio de la Recolección, llegó mi hermano y nos preguntó: “¿Están muy cansadas?”; Se dirigía a mí y a mis hermanas. Al preguntarle por qué, nos dijo: “Es que mi Madre (La Virgen) casi no lleva gente, le faltan cargadores”; Yo dije: “Bueno, si es el último año que voy a cargar, pues nada cuesta un esfuerzo más”.

Emprendimos camino a la procesión de la Soledad de la Recolección. Al sentir el peso del anda, creí que iba a tropezar, las piernas me temblaban, no podía cargar sin doblar la espalda y pedí que me quitaran la horquilla porque no la aguantaba… Iba diciéndole a Ella (La Virgen): “Sí, definitivamente este fue el último año que cargaré”.

De pronto sentí como que algo se me había roto en la espalda, como si me hubieran pegado fuertemente en la columna. Comencé a sentir un calor intenso y pensé que me había lesionado seriamente, porque era como agua hirviendo que se irradiaba de la columna a mis brazos, cuello y piernas.

Terminó el turno y al salir se lo conté a mi hermano. Él sonrió y me dijo: “Tranquila, eso que sentiste fue La Virgen María, vas a estar bien. “Al caminar de regreso a la casa, noté que no tenía dolor, es más, ¡hasta el cansancio se había ido! Y desde entonces, no he vuelto a tener esos dolores que me habían estado acompañando los últimos años. Por supuesto, sigo cargando. Y lo seguiré haciendo, ¡hasta que La Virgen quiera!

Si pones todo a la voluntad de Nuestra Señora la Virgen María, da por hecho que todo irá a puerto seguro. ¿Que te ha pasado a tí con la Virgen de Soledad de la Recolección?, envíanos tu anécdota y la publicaremos en el sitio:

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