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La Semana Santa en Guatemala para la que NO nos preparamos

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Parece que es la hora, y no es la hora.
Parece que está todo… y algo falta.
Parece que la alcanzo y es más alta.
Parece que se acerca, y se evapora.”


Alejandro Cóbar Hidalgo*

Hoy, estas palabras inmortales, inicio del gran pregón de la Semana Santa de Sevilla (García 2010, 2-4), cobran más vigencia que nunca y desgarran el alma de quien en estos días las lee y transcribe. Muchos se identificarán y algunos otros pensarán que es mero sentimentalismo, pero para quien ama esta época, hay cuestiones superan la razón y la costumbre; son cuestiones del corazón.

Sí, ¡parece que nos quedaremos sin Semana Santa!, y no faltará quien diga que la Semana Santa no son solamente las procesiones, velaciones y conciertos. Yo le respondo que también la liturgia y los cultos al interno de los templos han quedado a puerta cerrada o prohibidos, y los fieles, confinados en sus viviendas, necesitados más que nunca de un bálsamo espiritual. Pero no, la Semana Santa no se suspende ni se aplazará.

“…y siento que algo huye, algo salta
como una luz esquiva y brincadora.”

Tampoco faltará quien todavía aguarde la esperanza de ver a nuestros Cristos y nuestras Vírgenes en las calles, bendiciendo barrios y plazas… todo es una gran incertidumbre, pero también un gran desconsuelo. El aluvión de noticias y mensajes que incentivan el pánico y la histeria colectiva no son suficientes para apagar la ilusión de miles de devotos que esperaron todo un año para lo que ahora no sucederá.

Si la Providencia permite una calamidad o algún mal, siempre lo hace para obtener un bien mayor que, directa o indirectamente, está relacionado con el bien de nuestras almas. Sin esta premisa esencial, corremos el riesgo de desesperarnos, ya que una epidemia, calamidad o cualquier otro tipo de prueba siempre nos encontrarán poco preparados. (“Carta del Superior General a los fieles en estos tiempos de epidemia”)

No hay duda que las medidas tomadas por las autoridades en este y en tantos países son acertadas y prudentes. Se trata de prevenir y reducir la propagación del Covid-19 y afortunadamente, desde el anuncio del primer caso, el número de casos no ha aumentado exponencialmente, lo cual nos habla de la efectividad que estas decisiones han tenido.

Lo cierto es que esta pandemia aún no alcanza la gravedad y mortandad de otras patologías más comunes, y es bien sabido que afectará solamente a personas con un sistema inmunológico débil, causado por enfermedades previas o por la edad avanzada. Aún así, lo más sensato es seguir las recomendaciones emanadas desde el Organismo Ejecutivo y las entidades de salud.

“Si en mi pulso ya late su latido,
¿qué será cuando, al ver que ya ha venido,
la semana de Dios me suene dentro?”

Entonces, ¿qué sucederá con la Semana Santa? ¿Tendremos procesiones? ¿Habrá oficios de la Pasión del Señor? No lo sabemos y no podemos alimentar vanos idealismos. Ciertamente el plan de contención establecido por el Presidente Constitucional de la República acabará poco antes de la Semana Mayor. Pero, ¿para entonces ya se habrán terminado los brotes y combatido el Covid-19? Imposible hacer una pronóstico de esa clase.
Y aún cuando el panorama se pinte favorable y podamos seguir con nuestras actividades cotidianas, decidir sacar los cortejos a las calles sería sumamente irresponsable y peligroso, pues las grandes aglomeraciones de personas serían el foco de brotes masivos.

Hagámonos a la idea de una Cuaresma diferente, esa que cada año pretendemos comenzar el Miércoles de Ceniza, pero que con el paso de los días vamos dejando de lado por nuestra debilidad como seres humanos, que sucumbimos ante el mundo, el demonio y la carne. Es tiempo de vivir una Cuaresma espiritual. Es tiempo de cambiar de vida y abandonarnos a Dios.

No releguemos, sin embargo, las manifestaciones de piedad popular que tanto nos atraen. Que el encierro en nuestros hogares motive la elaboración de huertos domésticos, que son a la Cuaresma, lo que los nacimientos a la Navidad. “Hoy en día el huerto está casi extinguido. Sin embargo se le puede encontrar en algunos departamentos, sobre todo en comunidades rurales, y muy esporádicamente en alguna casa o iglesia de la capital, donde se reproduce su recuerdo.” (Lara 2003, 42)

“Parece que ya estamos y no estamos.
Parece que es el día y no es el día.”

Parece inconcebible una Cuaresma sin procesiones. Varias generaciones habían pasado sin que esto sucediera, pues en muchas ocasiones han sido suspendidas, siendo las principales causas los terremotos y los traslados de la Ciudad, de acuerdo con el doctor Mario Ubico Calderón (“Semana Santa en el Reino de Guatemala”). Se ha dicho, sin embargo, que la procesión de la Reseña, con Jesús de la Merced, jamás dejó de hacerse.


Nunca, en la Colonia o en la época republicana, las plagas, pestes y demás calamidades fueron motivo para no sacar las procesiones a la calle; por el contrario, todo ello propiciaba la realización de rogativas con los patronos del Reino de Guatemala. Lo que no se ha dicho al respecto es que probablemente ello resultara contraproducente, expandiéndose aún más, entre el pueblo, las enfermedades por las que se clamaba al Cielo.

Actualmente, la Semana Santa de Guatemala tiene una identidad y trascendencia a nivel mundial, como nunca antes las tuvo. Pero en estos tiempos modernos, en que importa más la salud del cuerpo que la del alma, es conveniente y políticamente correcto suspender toda manifestación pública de fe.

“…y todavía el día no alcanzamos,
aunque nos parecía que venía,
aunque al mirar al lejos parecía…
Y por esa esperanza la esperamos.”

Solamente quienes han trabajado en una hermandad o agrupación de religiosidad popular pueden dimensionar completamente el esfuerzo acumulado a lo largo de un año para que sus sagrados titulares puedan salir a las calles. Detrás de un cortejo procesional existe un sinnúmero de personas que incondicionalmente entregan su tiempo, recursos y energía gratuitamente. Desvelos y largas jornadas de trabajo, sumados a las ofrendas que han entregado los devotos cargadores, constituyen las piezas clave de una procesión.

Por otro lado, también están todos los artesanos y artistas remunerados por las hermandades, entiéndase: ebanistas, bordadores, talladores, modistas, imagineros, músicos, etc. ¿Qué sucederá con estas personas, que probablemente dependían de esos ingresos para sobrevivir? ¿Y qué hay del personal de apoyo, tan indispensable en nuestra Semana Santa? Lo más ético es que las agrupaciones de religiosidad popular cancelen sus deudas y compromisos económicos con todos ellos. De manera que no sería coherente exigir la devolución del dinero de los turnos, considerando esta eventualidad.

Poco importa si los decorados procesionales, túnicas, turnos y demás implementos serán utilizados en una próxima ocasión. Es momento de ser empáticos con el prójimo más necesitado y considerar, por ejemplo, a todos los que dependían del comercio informal, tan recurrente en nuestras procesiones. Es momento de dar sentido nuevamente a las hermandades con la labor social, tan relegada en el ámbito cofrade de Guatemala. Si una hermandad no es caritativa, esa hermandad no tendrá sentido.

“Pero mirad al sol haciendo guiños
en los ojos sagrados de los niños,
donde se purifica la mañana…”

*Investigador y estudiante de Historia
“Carta del Superior General a los fieles en estos tiempos de epidemia”. 2020. Fraternidad Sacerdotal San Pío X, último acceso el 18 de marzo de 2020, https://www.fsspx.es/es/news-events/news/carta-del-superior-general-los-fieles-en-estos-tiempos-de-epidemia-56189.

García, Antonio. 2010. Pregón de la Semana Santa de Sevilla. Sevilla: Consejo General de HH. y CC. de la Ciudad de Sevilla.

Lara, Celso. 2003. Historia y tradiciones populares de Cuaresma y Semana Santa en Guatemala. Guatemala: Artemis Edinter.

“Semana Santa en el Reino de Guatemala: cuando no hubo procesiones”. 2010. La Hora, último acceso el 18 de marzo de 2020, https://lahora.gt/hemeroteca-lh/semana-santa-en-el-reino-de-guatemala-cuando-no-hubo-procesiones/.