La mejor reflexión para la Navidad 2018: El Pesebre

Todos conocemos como son los nacimientos, todos sabemos que llevan y como se hacen pero ¿alguna vez hemos bajado nuestros ojos y lo hemos visto con sus significados? Los invito a que, en palabras, veamos el pesebre de Dios.

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Es muy fácil describirlo físicamente pero, es bastante difícil describir el pesebre espiritualmente. Nos es fácil vestir las imágenes, poner la paja y el aserrín, las casitas, los animalitos y las rocas. Pero hoy, hoy vamos a ver el lugar donde esta Dios. Miremos el pesebre, el centro del mundo, el lugar donde la misericordia de Dios dio inicio. Sencillo, humilde y sin más que lo que ya había ahí, en ese lugar tan pequeño, bajo unas mantas y con pequeñas partes de paja está un niño, un niño sin corona y sin resplandor, un niño sin joyas y sin ropas. Y quién diría que ese niño es Dios.

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Su techo, el cielo, su piso, el suelo; sus compañeros de juego: un buey y una mula. No sabemos que habrá pensado María y José al ver esta escena, seguramente pensaron: Nuestro Hijo, el Dios de Israel, en un pesebre, sin nada. Seguramente María se quitó parte de su velo para envolverlo, seguramente José limpió el establo para que naciera en un lugar limpio. No hay que pensarlo mucho, una piedra es, en algunos casos, el asiento de María. Y si, la luna es la luz que ilumina el pesebre. Seguramente María ve al niño, a quien es más grande que Ella y no sabe qué hacer, no sabe cómo iniciar, no sabe tomarlo en brazos, no sabe cómo llamarlo, es más grande que Ella y aun así cabe en sus brazos, aun así dijo que si, sin pensar en todo lo que paso. Seguramente José miraba más alejado la escena: una niña sosteniendo a un niño, seguramente José dijo: soy el padre de Dios, ¿Cómo lo criaré? ¿Qué comerá?

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            Si, ahí está Dios, tan humilde, tan sencillo. El Dios que se hizo hombre y quiere se hombre. El Dios que ama a su creación que se entregó voluntariamente por la misma para hacernos sus hermanos. Y que, no solo esta vez se hizo nada, también se hace nada en la eucaristía para amarnos aún más, para vivirnos aún más.

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            Miremos el pesebre y preguntemos: ¿Qué tengo yo que no tenga el niño? ¿Qué más tengo yo que Dios no tenga?  Miremos al niño sin nada, sin una frazada, sin un biberón, sin un juguete y sin una cena. Hermano, ese niño no es solo el del pesebre, ese niño nos espera a todos afuera. ¿Que nos quiere decir el niño esta noche? Sean sencillos como yo fui sencillo y amen a sus hermanos como yo los amo a ustedes mis hermanos.

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            Hermanos y hermanas, esta noche dejemos al niño así, tal y como vino, sin ropa sin aureola, sin joyas y sin lujos, y que todo esto se lo pongamos con servicio, con amor al prójimo. Vivamos a Cristo en los menos afortunados, en los que como el niño, su techo es el cielo y su piso es el suelo. A aquellos que su cielo no se ve por qué lo tapa una celda, lo tapa un equipo médico. Aquellos que sus juguetes son las ramas y las hojas, aquellos que su comida llega pasado el tiempo.

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            Miremos el pesebre y que nos sirva de ejemplo de lo que hay a nuestro alrededor, que nos sirva de ejemplo para ser sencillos y amorosos, que nos sirva de vida para que nuestro corazón sea siempre como el pesebre. Y, como el pesebre digámosle a María y a José esta noche: no tengo mucho, pero tengo este corazón para que nazca el niño Dios.

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            Antes de pensar en la fiesta, hermanos, bajemos nuestra mirada al pesebre porque ahí nos espera Dios hecho hombre.

Cucurucho en Guatemala

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