La leyenda de Jueves Santo y Viernes Santo


Por: Ivan Escobar

Los Músicos del Señor

Era la noche de jueves Santo 19 de abril de 1962 y porque no decirlo, casi madrugada de viernes santo, Jesús nazareno de Candelaria regresaba a su templo, su adorno era sobrio y representaba el desequilibrio y fluctuación del mundo ante los conflictos entre diferentes sociedades de la humanidad.

La imagen divina del redentor lució una túnica bordada de color morado, al centro del anda y sobre una barca representaba la estabilidad para el mundo; la confianza y convicción; la fe hacía nuestro señor Jesucristo. Eran las primeras horas de viernes Santo y Jesús nazareno de la iglesia de Candelaria había realizado su ingreso, entre lágrimas, nostalgias, arrepentimientos y deseos, Cristo Rey ahora descansaba en su dosel. Lastimosamente la procesión había dado por culminada, el casco, los guantes blancos, la paletina blanca, debía guardarse para el siguiente año, entre sentimientos me persigné para hacer la señal de la cruz y me despedí de Nuestra señora de la Candelaria. En aquel tiempo vivía yo en la calle del Carmen, en lo que actualmente es la 8ª avenida del centro histórico, la oscuridad y silencio de la madrugada de viernes Santo era mi único acompañante; inicié mi retorno con la 13ª avenida hasta llegar a la calle de San José, los gratos recuerdos de esa calle vinieron a mi mente, el sabor de la panela, el incienso, y las abuelitas saludando a todo aquel que caminaba por ese sector eran parte de mi imaginación. De un momento a otro a través del silencio total, mezcle la fantasía y realidad, y como si viniese de los cimientos de una casa escuche un sonido fantasmal asemejándose al de una marcha Fúnebre.

¿Qué extraño escuchar en este momento marchas fúnebres?, pregunté a mi interior, pues el Señor de Candelaria había hecho su ingreso y era imposible que Jesús de la Merced hubiera salido durante esa madrugada.

Pensé también, en que quizá los músicos de Jesús de la Merced ya se encontraban cerca de la iglesia y ellos estaban practicando pero era absurdo ese pensamiento pues hacían falta un par de horas para que el protector de la Nueva Guatemala saliera en procesión. Insólito e inusual eran los sonidos que mi mente enredaba, intervenían los sonidos agudos del piccolo, las notas graves de la tuba, y constante tenor interpretándose. Así que me dispuse en buscar de dónde provenían las notas musicales.

Al llegar justo al frente del templo de Nuestro señor de San José, logre diferenciar la sonoridad, la melodía, incluso la tonalidad de los maestros Solistas. Sin embargo, entre la niebla y el frio de la madrugada de viernes Santo de 1962 cuando más cerca había escuchado los murmullos de los instrumentos, se escuchó un fuerte estallido como si un vidrio es quebrado por su dueño, o como si la cerámica de los abuelitos cae al suelo. Después de ese sonido no pude encontrar más en el exterior las marchas fúnebres, preferí entonces mejor seguir caminando cuadras arriba en dirección de la Iglesia de Nuestra señora de la Merced.

A mí vista justo en la 12ª Avenida sentí un fuerte escalofrió, dos personas caminaban en dirección hacia mí, de hecho debo aceptar que me asuste muchísimo, pero luego de observarlos bien, me di cuenta que llevaban instrumentos musicales, así que al pasar justo a mi lado me saludaron diciendo:

Buenas noches Joven, ¿Altas horas de la noches son, mejor dicho, ya es de madrugada para que ande en la calle. Dijeron.

Sí, Altas horas son, pero tenía que acompañar a la imagen de mi devoción hasta su casa; el señor de Candelaria, hace apenas unos minutos que he terminado de acompañarle en su entrada, respondí.

Al mismo tiempo pregunte, ¿Ustedes porque están caminando por estas calles solitarias?

Respondieron los músicos, nosotros hemos venido para integrarnos a la banda de Jesús de la Merced, pero para eso hacen falta unas cuantas horas.

Pregunte además si habían escuchado las marchas fúnebres interpretándose.

A lo que ellos respondieron, no hemos escuchado nada, seguro que aún tiene en su cabeza las marchas del señor de candelaria, a muchos nos suele pasar que después de un tiempo de acompañar la procesión, luego en casa escuchamos los murmullos de las marchas o quizá algunas veces es uno mismo quien genera los sonidos.

Después de hablar con ellos unos minutos me dieron confianza, pues consigo llevaban su clarinete y el otro un tenor, dijeron haber venido desde la Antigua Guatemala a interpretar marchas fúnebres y que no habían conseguido donde dormir durante el Jueves Santo. Me preguntaron la calle donde yo vivía para acompañarme, de todas formas en ese tiempo aunque no existía la delincuencia como hoy, uno debía de ser prevenido, así que casi que me escoltaron hasta mi casa; una residencia que había construido mi padre ya fallecido la semana santa pasada para el domingo de ramos. Durante las cuadras siguientes me contaron las increíbles anécdotas de la cuaresma y semana santa de los años anteriores, especialmente sentían una gran devoción por Jesús de la Merced, el Jesús de las abuelitas.

Don Joaquín Robles Aranda y Don Fernando Linares eran dos hombres de bastantes años, no pregunte por su edad pero su apariencia física parecía de unos setenta años, vestían un traje negro tradicional de esa época, camisa blanca de ceda, y un corbatín también de color oscuro, cuando pasamos cerca de las catacumbas de la Catedral ya en la 8ª avenida me contaron que tenían más de 50 años de acompañar al Señor de la Merced en su procesión de martes santo y viernes Santo; durante esa década la procesión de los Mercedarios tenía un gran auge, sin duda era una de las más grandes y quizá la que mayor cantidad de personas atraía a su paso, ver pasar a Jesús de la Merced era una sensación inexplicable, las personas a su paso no rompían el silencio, era un momento de adoración e intimidad con la imagen, algo que hoy en día es difícil de controlar porque todo mundo habla cuando Jesús pasa.

Las siguientes cuadras fueron las del Gran Hotel Unión y minutos después llegue a casa, afortunadamente había encontrado a Don Joaquín y Don Fernando, dos grandes músicos que me habían acompañado en el ocaso de la oscuridad ese viernes Santo.

Durante la mañana decidí ir a ver al señor en su paso piadoso por Santa Iglesia Catedral, allí era donde todas las abuelitas decían que Jesús sudaba, era viernes Santo a medio día con ese calor tan característico de la estrella solar, En medio de miles de personas Jesús de la Merced primero paso por el Palacio Nacional, luego por la Arquidiócesis, por último el portal, el adorno de sus andas eran las trompetas anunciaban el paso del Nazareno, todo era conjunto del significado del Arca de la Alianza, Jesús vestía una túnica color rojo, una túnica que luego paso a ser llamada como “la túnica de las palomas”.

Yo estaba parado justo en la esquina del Portal y la catedral, después de santiguarme al paso del Nazareno decidí saludar a Don Joaquín y Don Fernando, me lleve una gran sorpresa al observar que la banda de solistas no llevaba corbatín oscuro, sino corbata de la época, algo que verdaderamente me pareció muy extraño. Entro todos los maestros solistas fui buscando a los personajes que me habían acompañado esa misma madrugada pero para mí desgracia no pude ver a ninguno de los dos. Pensé entonces que quizá irían con la virgen pero al pasar la hermosa talla de nuestra madre no pude saludar a los músicos.

A mi mente vinieron muchas hipótesis.

Sera que habían mentido Don Joaquín y Don Fernando…

Es posible que hayan tenido alguna emergencia y tuvieron que regresar a Antigua Guatemala…

Quizá entre tanta gente si iban en la banda de nuestro señor, pero no pude verlos…

De todas esas hipótesis decidí creer en la última y pensé en que seguramente entre miles de personas había perdido noción y no había podido saludarlos. Después de eso regrese a casa y tome mi túnica color negro, ya era la hora nona es decir la hora en que Jesucristo nuestro redentor dio la vida por nosotros, como una tradición familiar almorzamos con mi madre y mis hermanos para tomar fuerza y acompañar al Cristo Morto en todo su recorrido procesional, el cortejo fúnebre más piadoso que existió durante esa época.

De la calle del Carmen a la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, únicamente había que caminar unas cinco cuadras así que después de unos minutos ya estábamos envueltos entre miles de personas, y listos para ver la salida del Señor sepultado de Santo Domingo. En 1962 una editorial había comenzado a rodar la Revista de la semana santa en Guatemala, casi era el último día que la venderían y por suerte había algunas personas que la ofrecían a cincuenta centavos de Quetzal. Antes que el Señor Sepultado iniciara su cortejo procesional compre la revista y luego buscamos con mi madre y hermanos un buen lugar para poder ver la Salida de la imagen que representa al mismo Dios. La revista iniciaba con algunas fotografías de la Semana Santa de 1961 y luego tenía unas páginas dedicadas a los maestros compositores de marchas fúnebres, en uno de esos reversos de papel pude observar algunas fotografías de los maestros solistas, hacían homenaje a algunos ya fallecidos y que cumplirían gran cantidad de años acompañando un cortejo procesional. Al ver una fotografía en especial me quede frio, como cuando alguien lleva una noticia de una muerte que no se puede creer, o como cuando se siente que caes a una alberca llena de agua helada, o cuando viajas a través de un vacío oscuro sin final, en esa fotografía rendían homenaje a Don Joaquín Robles Aranda y a Don Francisco Linares. Tire al suelo la revista al ver que en esa misma imagen vestían el corbatín oscuro, y la camisa blanca de ceda, de pronto perdí la noción del tiempo, la respiración agitada del susto paso a ser una respiración sin sabor, sin fuerza, de un momento a otro había sufrido un desvanecimiento. Unos minutos después desperté y mucha gente estaba alrededor mío, mi madre entendió perfectamente lo que había pasado conmigo puesto que le había contado acerca de la amabilidad de los maestros solistas, y al verme desfallecido supo que los personajes que aparecían en la fotografía eran los mismos que yo vi inexplicablemente había visto durante esa madrugada.

El resto de la tarde y noche del 20 de Abril de 1962 no fue la misma o como los años anteriores, sentía un gran miedo, pero después de todo eso, Doña María del Carmen Urruela, mi Madre, me dijo que lo que yo había visto, eran los Músicos del Señor de la Merced.


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