Adquisición y entrega de turnos: el «talón de Aquiles» de la Semana Santa


Nunca he podido entender la falta de valor de nuestra Semana Santa de encararse, evaluarse, calificarse, incluso premiarse, reconocerse y felicitarse a sí misma.

Al menor intento de hacerlo, las hordas de “devotos cargadores”, la mayoría de ellos con la bandera de “hiper devoción y suprema espiritualidad” se rasgan las vestiduras por una parte, como si cuestionar,  criticar y reconocer de buena forma  fuera pecado y por otra, como si la Semana Santa siendo creada por hombres falibles no pudiera ser,  por tanto, capaz de ser mejorada.

Foto: Prensa Libre

Y hoy decidí esbozar algunas ideas sobre una de las falencias más graves suscitadas en la pasada Cuaresma como fue la entrega de turnos. Curiosamente, las crisis llegaron,  los cargadores se levantaron en “armas” desde sus perfiles de redes sociales, la Semana Santa pasó y acá nadie hace nada, por lo menos en  tratar de sacar aprendizajes y conclusiones edificantes.  Al final, no se trata de encontrar culpables o inocentes, mucho menos víctimas o victimarios sino de plantear cierto tipo de pensamiento proactivo y constructivo.

Partamos de un hecho irrefutable: la masificación de nuestra Semana Mayor como efecto natural de un desborde demográfico concentrado principalmente en el gran área metropolitana.  A ello debemos sumar, la agradable visita y participación de muchos hermanos extranjeros que gracias al poder de las redes sociales, han podido generar identificación y admiración a la que,  sin caer en exageraciones, podemos denominarla como una de las mejores Semanas Santas del Nuevo Mundo pues pretender que sea “la más bella del mundo” es en sí, es una exageración chauvinista que más puede hacernos daño que beneficio.

Bajo un punto de vista personal, la respuesta a la mencionada masificación es una mejor tecnificación. Aunque algunos suspiran por los años dorados de la “inscripción a mano con letra caligráfica”, es innegable que dicho método hoy por hoy, y al menos en las hermandades de masiva participación, resultaría impráctico y poco eficiente.

Foto: Prensa Libre

Al momento que las Hermandades visualicen la “inscripción y entrega de turnos” como un gran proceso sistémico  podrán identificar todos los puntos críticos que inician desde la estimación de una “población de cargadores” con sus posibles tasas de incremento causadas, por ejemplo, por el incremento de cuadras o ampliaciones del anda procesional.  De igual forma, las variantes del recorrido que arrojan los datos necesarios para estimar, no sólo el número aproximado de turnos sino de la dimensión y conformación de un equipo humano suficiente y capaz de atender a un buen número de cargadores,   de forma  ágil y eficiente, en la etapa de la entrega de los turnos.

Asimismo, el subproceso de diseño de turnos y aprobación del mismo, el de la impresión,  enmoñado y ensobretado que, de no planificarse adecuadamente,  podría resultar en sufribles cuellos de botella en las semanas previas a su cansada jornada de entrega.

Sin lugar a dudas, la clave para lograr lo anterior es la debida PLANIFICACIÓN que conlleva la adecuada ANTICIPACIÓN de todo el proceso.  El trazo de un cronograma con el detalle de todos los subprocesos así como el tiempo que conllevan es una herramienta capaz de generar la suficiente visibilidad y control en el proceso.

Estoy consciente que no todas las hermandades disponen de gran cantidad de mano obra capaz de realizar las tareas operativas. Pues bien, en estos casos es cuando la anticipación cobra más valor pues craso error constituiría que a pesar de contar con equipos reducidos, se trabaje además con tiempos demasiado ajustados.

Ahora bien, por otra parte, resulta totalmente vergonzoso el linchamiento que en las redes sociales se produce contra los responsables de situaciones como esta. ¿ No es acaso la Semana Santa una conmemoración antes que folclórica y cultural, cristiana en su esencia?. ¿ En dónde ha quedado pues  la práctica de la caridad cristiana y haya llegado a pesar más el derecho al maltrato, al abuso verbal y el ataque mismo a la dignidad humana y peor aún,  desde el  posible anonimato y la comodidad que otorga un smartphone?.

Debe impedirse que en la mentalidad del cucurucho el pago de diez, veinte, treinta hasta seiscientos quetzales por un turno, suponga una  exigencia irónica y malintencionada así como  el derecho  a realizar reclamos y quejas, bajo una lógica de mercado, muy similar a los que podría hacerse en una tienda por departamentos.

Como cierre, podríamos plantear dos conclusiones: la primera es que las hermandades deben trabajar a toda costa,  para evitar situaciones desgastantes como estas que lo único que provocan es su debilitamiento institucional y un innecesario agotamiento previo al día de su salida procesional. A partir de hoy disponen de más de diez meses para trabajar por un proceso de inscripción y entrega de turno exitoso. Y la segunda enfocada a los cargadores (efectivamente, despojada del calificativo “devotos”) que ante situaciones como esta, se olvidan que las procesiones son un acto público de protesta de fe cristiana  en donde debería salir a relucir la más notable práctica de sus virtudes cristianas.

Author: Israel Santos

Colaborador de Cucurucho en Guatemala.